domingo, 2 de diciembre de 2012

UN PALACIO EN LA CIUDAD


"Recuerdo que cuando era chiquita, venía con mis hermanas a las funciones de teatro que se realizaban en el palacio. Que pena que ahora esté completamente abandonado"

Mi mamá

Callejones coloridos, pistas mojadas, policías con el ceño fruncido que resguardaban los globos con agua y una imponente quinta deshabitada. Así era un domingo de carnavales del pasado siglo en el jirón Chira (Rímac). Todos los años en el mes de febrero la Quinta Presa era adornada por carcajadas infantiles, cánticos criollos y decenas de familias almorzando a fuera de cada solar bajopontino.

En sus inicios la Quinta Presa fue una hacienda con un molino de granos, para luego pasar a ser uno de pólvora en el siglo XVIII. En 1727 fue propiedad de doña Isabel de Presa, quién le heredó la finca a su sobrino el coronel del Ejército Real Pedro Carrillo de Albornoz y Bravo de Lagunas. Este construyó la casa y en honor a su tía le da el nombre de Quinta Presa.

El área del latifundio comprende más de 15 mil metros cuadrados. En la edificación emplearon adobe, ladrillos, piedras, azulejos y finas maderas. La construcción es en forma de U, a la derecha se aprecia lo que fue el molino, almacén y depósito de granos. A la casa se llega mediante una escalinata que se alza sobre un bellísimo canal de piedra donde antes circulaban aguas provenientes del río Rímac. A la izquierda de la puerta principal se encuentra una sólida escalera, esta dirige a un amplio corredor que ofrece una vista panorámica de todo el conjunto. Desde lo alto se observa los jardines, el mirador, una glorieta y un quiosco donde se realizaba la pisa de uva. Además hay diversas habitaciones como salones, dormitorios y una capilla.



Era 1770, tiempo del gobierno de Manuel de Amat y Juniet. “Entre el virrey y el coronel existía una gran amistad. Entonces gracias a la participación de Amat quedó edificada esta famosa quinta pero absolutamente nada tuvo que ver con doña Micaela Villegas, la Perricholi. Ella tan solo venía como invitada a los banquetes que se organizaban en la casa”, revela Ernesto Ascher en su libro Curiosidades Limeñas.

La Quinta Presa es un verdadero palacio que ostenta ser la única casona en el Perú de estilo barroco francés o rococó. Los usos que se le dio a la quinta han variado a través de los años. “A partir de la mitad del siglo XIX, el Rímac se transformó en un barrio popular, perdiendo todo su contexto rural y paisajístico. Es así que el uso turístico de la quinta es casi nulo”, señala el portal del Programa ‘Patrimonio para el Desarrollo’ de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).

En 1935 se creó en el segundo piso del palacio el Museo del Virreinato, donde mostraban: muebles, lienzos, adornos, prendas coloniales, una tina de mármol y espejos de finos acabados; no obstante en la actualidad nada de lo mencionado queda, tan solo se puede observar ventadas empolvadas, puertas deterioradas y paredes desnudas. Llegó la década del 70 y la Quinta Presa fue declarada Monumento Histórico Nacional, sin embargo en 1981 el Instituto Nacional de Cultura (INC) -hoy Ministerio de Cultura- demolió parte del ala izquierda de la casa para adecuarla a uso administrativo, pero no concluyeron la obra.

Finalmente en los noventa fue centro de la Escuela Taller de Lima (ETL), este es un proyecto de Cooperación al desarrollo, cuyo objetivo es la formación técnica de jóvenes de escasos recursos en actividades relacionadas con la recuperación de Patrimonios culturales y naturales. La ETL junto al INC restauraron la casona, lograron recuperar el edificio principal, el molino, el jardín interior, el conjunto de bienes mueble de la casa, el huerto y los espacios exteriores. Pero en 1995 los trabajos quedaron interrumpidos por la ausencia del proyecto museográfico al que se había comprometido el INC.


Actualmente la Quinta Presa está desocupada, cayéndose de a pocos en las narices del Estado. Los únicos que sienten cierta preocupación son los miembros de la familia que cuida la casona hace más de veinte años. Es muy difícil ingresar, hay restricciones por parte del Ministerio de Cultura, quiénes administran la quinta. Sin embargo si se pide permiso a esta entidad puede ser que accedan, aunque siempre pondrán peros a cualquier visita, ya que no desean que el público se entere del deplorable estado en el que se encuentra este Monumento Histórico. La Municipalidad de Lima dice haber destinado una cantidad de dinero para la restauración de la casona. Ojalá que no quede en palabras ¡Queremos hechos!

martes, 27 de noviembre de 2012

VIOLENTAMENTE PACIFISTA



Constantemente narraba su vida de distintos modos. A veces su padre lo abandonaba antes de nacer y en otro relato cuando tenía varios años. En algunas ocasiones viajaba en tren y en otras a pie. Facundo Cabral contaba los mismos sucesos pero de forma diferente. No obstante la esencia siempre coincidía, así que bastaba con que las historias estén bien recitadas para darlas por ciertas. “Estoy cansado de la sinceridad, prefiero el ingenio”, escribió alguna vez el trovador y es que para entrar a su mundo, es necesario entender que el arte de mentir no es más que un recurso retórico.

Facundo nació en La Plata - Buenos Aires (Argentina) en una fecha imprecisa, ya que su madre lo inscribió en los registros cuando tenía siete u ocho años de edad. Por este motivo él siempre decía: “Cuando me preguntan que signo soy les digo que le vayan a consultar a mi vieja”. Además, ante la ley fue Rodolfo -como su padre- pero su madre lo anotó con ese nombre, puesto que en aquella época de 1937 los nombres de los caudillos como Facundo Quiroga estaban prohibidos.

Me gustan los que se callan y me gustan los que cantan.
Y de tanto andar conmigo me gusta lo que me pasa.
Fue mudo hasta los nueve años, los médicos diagnosticaron que sufría de debilitamiento mental. Al parecer solo era su espíritu rebelde que se negaba a hablar de forma rotunda. En 1946 los Cabral llegaron a la Patagonia, sin embargo otra vez el pequeño de la familia hizo lo que creyó conveniente. Facundo había escuchado que Perón estaba dando trabajo a los pobres, así que fue a Buenos Aires a pedírselo.

Arribó a la capital pero el presidente se encontraba en La Plata. Con mucha suerte se dirigió a su ciudad de origen. Aquel día, Facundo burló el cordón de seguridad y logró entrevistarse con el mandatario. El niño le pidió trabajo, a lo que Eva Duarte de Perón muy emocionada respondió: “Por fin alguien que pide trabajo y no limosna”. A consecuencia de esta intervención, Facundo consiguió laburo para Sara y refugio para su familia en una escuela de Tandil, al sur de Buenos Aires.

“Un día llegué a Tandil y conocí a un anciano que a falta de inteligencia, se le dio por ser muy sabio. Le pregunté por Jesús una noche al lindo viejo y ahí mismo lo conocí; cuando me alcanzó un espejo”, frase que Facundo Cabral interpretaba en su emblemática canción ‘No soy de aquí, ni soy de allá’. Esta letra resume gran parte de sus vivencias, en la que describe la transformación del adolescente problemático a causa de la indiferencia de su padre, hasta el joven que gracias a los consejos de un jesuita en uno de los tantos reformatorios pudo mirar el horizonte de manera distinta.

Trabajó en el campo durante las temporadas de cosecha, se contactó con los cantores de milonga, esos ‘áridos juglares’ que marcaron a fuego su futuro artístico. Facundo con veinte años y una guitarra entre sus manos, aprendió los acordes que lo acompañaron y entretuvo a los peones con cantos anarquistas.

En 1959, Cabral subió al escenario del Hotel Hermitage, porque uno de los músicos secundarios había faltado. “Ah, me acordé de algo que decía mi madre: Cuando no sepas qué decir, decí ‘no sé que decir’. Entonces subí y dije: ‘No sé que hago acá, yo entré a pedir trabajo, me dieron un cuarto, comí como un animal, no hablé por teléfono porque no tengo a quién llamar…’. La gente se reía, pensaba que yo era un comediante. Vi que había respuesta, igual que con los campesinos, y empecé a contar historias. Ahí comenzó mi carrera artística”.

Se estima que Cabral recorrió más de 165 países. Comenzó su trayectoria musical bajo el apodo de ‘El Indio Gasparino’. En la década del 70 emigró a Europa, donde se hizo más conocido que en su país. Facundo mencionó en un reportaje: “Creo que me venían a ver como acá iríamos a ver a un indio que toca algún instrumento raro”. En 1984 regresó a Argentina con un nombre consagrado, no obstante recién después de diez años comenzó una gira internacional. Se presentó junto a Alberto Cortez en “Lo Cortez no quita lo Cabral”, uniendo humor y poesía.

“Me gusta andar pero no sigo el camino, pues lo seguro ya no tiene misterio. Me gusta ir con el verano muy lejos, pero volver donde mi madre en invierno. Y ver los perros que jamás me olvidaron y los caballos... Y los abrazos que me dan mis hermanos. Me gusta, me gusta”. Le gustaba tanto cantar, beber, reír y filosofar. Fue víctima de un atentado aparentemente dirigido al empresario Henry Fariña, sin embargo el cuerpo de Facundo recibió toda la carga. Así el 9 de julio de 2011 dejó abruptamente esta vida pero -según sus creencias- comenzó otra.



Yo creo que la crítica social y su postura ‘violentamente pacifista’ fueron los factores principales para que la voz de Facundo se apague cuando aún no lo conocía.                                                                                                       

miércoles, 14 de noviembre de 2012

AMO EL FÚTBOL



"Creo que me gusta el reggae, por el fútbol"
Yaz


Cualquier espacio complacía a sus piernas, mientras hubiera una pelota. Podía ser la habitación de un hotel, detrás de un escenario o en un parque. Bob Marley, un hombre jamaiquino, de cabellos largos y piel cobriza. Escribía sus canciones en sus viajes, cuando se levantaba al amanecer, para correr y jugar al fútbol. Llegó a ser considerado un profeta del movimiento rastafari, la llave para que la música reggae se masificara, usándola como medio para proponer una mejor forma de vida.

Es extraño. Nunca creó versos sobre gambetas. El gol no estuvo presente en ninguna de sus melodías ofrecidas a Jah; ni rindió tributo a Pelé, a quién admiraba. Jamás le dedicó una canción, pero el más famoso intérprete de reggae siempre lo practicó. Robert Nesta Marley no podía vivir sin fútbol. Y moriría por él.

“Fútbol es un arte, un mundo total. Un universo en si mismo ¡Amo el fútbol, porque exige gran habilidad! ¡Libertad! ¡El fútbol es libertad!”. Marley lanzó su primer álbum en 1963, pero aprendió a controlar el balón antes de afinar la guitarra y ensayar con su voz rasposa. Sus biógrafos cuentan que antes de formar ‘The Waillers’ era mucho más jugador que cantante. Sin embargo, eligió lo segundo.

Tanto se entregaba a este deporte que se enfermó de él. Bob, jugaba como volante creativo recostado por izquierda. En 1978, en un partido en el Battersea Park en Gran Bretaña, recibió una fuerte pisada del periodista Danny Baker. Debido a su religión, no se trató la herida en su dedo pulgar del pie y se infectó. La única solución que encontraron los doctores fue cortar la zona contaminada, no obstante Marley siempre respondió: ‘Mi religión no aprueba la amputación. Yo no dejo a un guerrero desarmado’. La llaga se pudrió y avanzó como un cáncer que fue consumiéndolo sin cesar, hasta alcanzar sus pulmones y el cerebro. Dejó que el fútbol y sus creencias infectaran su cuerpo. Tres años después de la lesión, se apagó su voz, pero nació el mito.

martes, 6 de noviembre de 2012

MISTER LENNON



"Aún lloro cada vez que escucho Imagine, es como si lo tuviera a lado. Toda mi juventud la dediqué a la bohemia,  junto a él" (El señor que me vende los LP en Quilca)


Vivo o muerto siempre será inmortal. Escucharlo es inevitable, incluso hasta el más despistado se daría cuenta del dolor placentero que sentía al cantar. El contorsionismo de su rostro reflejaba la pasión con la que interpretaba cada nota musical. Han pasado 32 años de la muerte de John Lennon (1940-1980) y su dulce voz aún sigue penetrando en los tímpanos más recios.

"Yo no tengo miedo de vivir en Nueva York. A mí nunca me han atacado, nunca me han molestado. Lo único que me pasa es que, de vez en cuando, alguien me detiene en la calle para pedirme un autógrafo. Y eso para mí no es molestia. Al contrario, me hace sentir bien...”, palabras que en su momento pasaron desapercibidas. Su espigada postura, lentes redondos y ropa holgada hacía de él alguien extrovertido. Sin embargo, no solo era el físico, también sus pensamientos y declaraciones que en aquella época no tenían un lugar privilegiado.

Los rítmicos (traducción de The Beatles) eran asediados continuamente. La adoración que despertaban sus integrantes era extrema. Cada canción superficial, las que hablaban de amor y más amor banal era un éxito rotundo, de repente ese fue el detonante para que John dejara la agrupación en 1970.

No obstante en 1966, catorce años antes del asesinato, John Lennon firmó -lo que muchos piensan- su sentencia de muerte. En el periódico ‘The Evening Saturday’, se difundió una entrevista realizada por la periodista Maureen Cleave, donde John acotó: “El cristianismo se irá, se desvanecerá y se hará más pequeño. No necesito discutirlo. Estoy en lo correcto y lo probaré. Los Beatles somos más populares que Jesucristo en este momento”.

Mientras el ex Beatle afianzaba su ego, en Atlanta había un niño cristiano de once años llamado Mark David Chapman que empezaba a transformar su fanatismo en rencor. Este personaje nació en Fort Worth, Texas  (1955). Tuvo una vida muy problemática, cuando fue adolescente huyó de casa y acabó sometido bajo los estupefacientes. Chapman admiraba mucho a Los Beatles y trataba de imitarlos junto a su banda. En 1977 intentó suicidarse, sin embargo recurrió a ayuda psiquiátrica.

Semanas antes del asesinato, Mark David Chapman planeó y calculó todo lo que haría el 8 de diciembre de 1980. Aquella fecha esperó todo el día a fuera del Edificio Dakota, lugar donde años atrás Roman Polanski filmó la película ‘El bebé de Rosemary’.

A las 5 de la tarde de aquel fatídico día, John y Yoko salieron de su domicilio rumbo al estudio de grabación Record Plan. Cuando de pronto un joven alto y robusto se acercó a John con una copia del disco ‘Double Fantasy’ y le pidió que se lo firmara. John muy amablemente accedió a la petición de Chapman. Así autografió su último disco, este hecho fue capturado por Paul Goresh, un fotógrafo aficionado.

La pareja se dirigió al estudio, donde permanecieron más de cinco horas. Esa tarde, John grabó su último suspiro melódico, el cual decía: “En la cuerda floja, estoy pagando el precio. Lanzaré los dados al aire ¿Por qué debemos aprender de la manera difícil y jugar el juego de la vida con el corazón?”. Letra que pertenece a la canción ‘Walking on thin ice’, pero se sospecha que es un sencillo de la autoría de Yoko Ono.

A las 10:50 de esa fría noche,  Lennon y Ono regresaron a casa. Yoko se adelantó y pasó por el costado de Mark, a quien saludó gentilmente. John llegó cansadísimo del estudio y solo miró de reojo a su asesino. La pareja estaba por ingresar al edificio y desde la desierta calle se escuchó una voz gruesa que susurraba muy fuerte: “Mister Lennon”. Al mismo tiempo Chapman disparó cinco tiros, de los cuales cuatro le cayeron en la espalda y el hombro, mientras que el último fue la desgracia total, ya que le atravesó la aorta, lo que causó la temprana muerte de este genio musical.

Mark David Chapman permaneció de pie, mirando la escena. Extrajo el libro ‘El guardián del centeno’ -del cual dicen que fue su inspiración para el asesinato- e intentó leerlo pero no lo consiguió, ya que poco a poco los curiosos iban colmando la Calle 82. La ambulancia demoró en llegar, así que un agente policial identificado como John Moran decidió trasladarlo al hospital en su patrulla. John Lennon llega al nosocomio Roosevelt y a las 11:20 fue declarado muerto.

La histeria que despertó este asesinato fue mundial, se apagó su voz pero nació el mito. Los motivos de la muerte aún no quedan claros, se tejen varias sospechas, una de estas es la narrada. No obstante como dijo el mismo Lennon en ‘Gimme some truth’: “Lo único que quiero es la verdad; sólo dame un poco de esa verdad".









domingo, 28 de octubre de 2012

EL "PLACER" DE ESCRIBIR


Para donde corres, sino puedes escaparte así.
Si te vas a ocultar, eso no te va a resultar. 
El tiempo dirá, cada uno a su juego otra vez.



Andrea siempre piensa mucho antes de escribir, desconfía en lo que redacta. Hacerlo es un sufrimiento, un proceso muy desgarrador y bastante doloroso. Lee y relee lo escrito, borra cada línea que le sale con facilidad. Corrige cada palabra, la revisa las veces que sea suficiente y hasta que por fin la da por acertada. Alguna vez escuchó esta frase a un periodista: “Escribir no es un placer, no es una labor divertida, sin embargo eso no me deja de apasionar”. Todas las noches considera la posibilidad de abandonar esta rutina, no sabe si esto es lo que quiere para toda la vida.

Lleva dos años estudiando Ciencias de la Comunicación en la universidad que nunca imaginó. Todas las mañanas se levanta arrepentida por haberse cambiado al primer turno. La tortura continúa cuando se da cuenta que solo falta dos meses para que acabe el año y el tiempo es muy corto para elegir una especialidad entre las cuatro que ofrece su carrera.

Cuando creía que los días de decidir su futuro estaban lejanos, solo atinaba a decir frescamente: “Me tomaré un año sabático para pensarlo, aún soy joven”. Ahora esta actitud ya no le sirve, puesto que tiene la necesidad de trabajar, porque ya no quiere vivir de la caridad de sus padres.

Si redactar se le hace difícil, el sufrimiento es peor cuando tiene que escribir sobre ella. Detesta la idea de que la lean y la juzguen sin saber como ni cuando compuso ese relato. Pero si llega a ser periodista, no puede seguir con la misma actitud. Aún no encuentra el porqué de su postura, las dudas siguen alimentando su desdicha.

¿A caso tiene miedo de descubrir algo que no quiera oír? ¿El temor que se apodera de ella, es pánico a sí misma? Parece que nunca lo sabrá, por ahora sigue escribiendo algo que le dicen escalera de abstracción. No le quedó muy claro el concepto, solo escribe para seguir soportando su incertidumbre.






jueves, 25 de octubre de 2012

MAL SUEÑO






“Hablar vale más que un iPhone y más cuando alguien te quiere escuchar. 
Saber vale más que el diploma, como el que tú acabas de enmarcar”



No pudo dormir el día previo a su examen de aplazado, temblaba al soñar que no lo aprobaría. Despertó antes de lo habitual, confiaba en lo que había estudiado. Cumplió la rutina, se desenredó la larga caballera y desayunó.  Miró el rostro de preocupación de su madre, en el balcón la esperaba para despedirse. La joven respiró hondo, le sonrió y partió rumbo a la avenida Colmena.

Camino a la universidad encendió su celular, se colocó los audífonos y escogió una canción al azar. No era la primera vez que escuchaba ‘Tengo tu love’ del boricua Sie7e, sin embargo era la primera vez que sus oídos percibían el valor de la letra; “… Saber vale más que el diploma como el que tú acabas de enmarcar…”. Y así fue el inicio de un día verdaderamente raro.

Llegó al aula y todos estaban muy ansiosos. Ella se sentía como extraña a ese lugar, pues era  primeriza en esos asuntos. Empezó el examen, ya no había vuelta atrás. Respondió sin pensar, lo primero que se acordaba lo daba por válido.

Después de unos minutos se encontraba afuera del salón, cuando de pronto escuchó su apellido y advirtió que no traía nada positivo. Caminó hacia la carpeta del profesor, observó su nota plasmada con tinta roja y retrocedió. Salió del aula con la mirada fija y negó rotundamente con la cabeza. No derramó ni una lágrima, mientras otros desbordaban en llanto.

Divisaba la ciudad a través de la sucia ventana de la couster. Todo le parecía nuevo, se admiraba hasta de lo más usual. En este viaje no había música acompañándola, solo el bullicio de la capital.

Posó sus manos en la fría cerradura de la puerta principal de la casa. Ingresó y su hermano menor la esperaba, le contó lo sucedido y este le dijo: “Suele pasar, a mí no me ha pasado, pero suele pasar”. Las carcajadas brotaron de inmediato, de a poco el dolor se iba aminorando.

Aquella tarde las horas transcurrieron lentamente. No obstante el no poder llorar la atormentaba, será que estaba resignada o tal vez ya había sufrido mucho en sus sueños y por eso las lágrimas no corrían con facilidad.

Cayó la noche, la puerta de la habitación se abrió y entró su mamá. La estudiante le narró lo ocurrido casi sin respirar y finalizó con una gran sonrisa, dejando atónita a la mamá. Ella, con una sueva voz, le dijo que ya no se encontraba preocupada, pues le agradaba la manera como lo estaba asimilando. La joven le respondió muy suelta de huesos: “Ya me tenía que tocar, fueron muchos años invicta”.

Ambas se recostaron en la cama y miraron el cielo estrellado a través del gran ventanal de la habitación. Luego de unos minutos olvidaron el mal sueño…


domingo, 21 de octubre de 2012

EN PIE DE LUCHA


Contestatario, inteligente y creativo, así es el arquitecto Walter Jolly Herrera con más de medio siglo encima. Se ‘formó’ en el Colegio Militar Leoncio Prado y por la década de los ochenta pasó a ‘deformarse’ en la Universidad Nacional Federico Villarreal.

Tuvo una vida universitaria muy agitada, no terminó la carrera en el lapso establecido, sin embargo se tomó su tiempo para disfrutarla. Perteneció al Frente de Estudiantes de su facultad, fue uno de los líderes que comandaron el primer levantamiento justo de la masa estudiantil, hecho histórico en el local de Arquitectura.

Jolly escoltado de personas realmente valiosas, como ‘Ríos’ o ‘El colorado Harry’, lograron que los reclamos del alumnado sean escuchados. Este grupo denunció actos de corrupción, cobros indebidos y malos manejos de las autoridades de turno en la facultad.

Aguerridos, decididos y seguros, fueron las características básicas para que el público confiara en ellos, pues su capacidad motivacional y protestante eran sus armas fundamentales para obtener lo trazado y así lo consiguieron. Los resultados saltan a la vista en esta época, ya que la Facultad de Arquitectura es una de las mejores educativa, institucional y estructuralmente de la Universidad Villarreal.

Después de casi treinta años de lo sucedido, ahora el arquitecto combate por otra gran causa. Esta vez es un referente de la lucha por la conservación de la arquitectura e identidad peruana. Walter Jolly es un activo defensor de los Patrimonios Culturales del país y precisamente en este momento es una de las cabezas del colectivo ‘Salvemos el Palais Concert’, agrupación que posee como objetivo principal, el concientizar a la ciudadanía peruana sobre el valor y significado de esta reliquia, proponen que debe ser proclamada intangible por su rica historia y relevancia cultural. Walter Jolly y compañía seguirán en pie de lucha, aunque Ripley ya sea una realidad. 

PUENTECITO DEL DESEO


Una fría brisa se deslizó por la abertura de su vestido, a lo lejos oyó el chirrido del mar y unos largos dreads enredados en su cuello no la dejaban respirar. Se levantó de la banca mientras caían los brazos que la rodeaban, trató de dar dos pasos hacia adelante, pero no pudo continuar. Era la primera vez que sentía que el Puente de los Suspiros se movía al compás de su cabeza.

El nombre del puente deriva de los innumerables romances que tuvieron y tienen como marco este pintoresco rincón de Barranco. Se construyó en 1876 como necesidad primordial para unir el límite de las calles Ayacucho y La Ermita. Esta vez la joven no transitaba por ninguno de estos jirones, pero como este distrito es muy pequeño acabó entre las crujientes maderas del famoso puente.

Antes de amanecer en esa banca, disfrutó toda la noche en la ‘Peña Poggi’. Un concurrido bar barranquino, donde se presenta lo mejor de la escena musical limeña. El público asistente parecía haberse quedado en los años setenta. Chicos de largos cabellos rastas, jovencitas con vestidos floreados, rockeros con botas estilo grunge y algún desubicado en corbata. El estelar de la fiesta fue el ‘Duelo de Titanes’, a cargo de ‘La Inédita’ con su chichamuffin y ‘La Nueva Invasión’ con su rock - fusión.

El Puente de los Suspiros es histórico, ya que fue testigo de la Guerra del Pacífico y soportó la destrucción de Barranco en manos de tropas chilenas, que incendiaron parte del puente. Además resistió el terremoto de 1940, aunque lo recortaron de un borde para no perjudicarlo del todo.

Setenta años después, el único terremoto era el de la cabeza de la jovencita. Luego de quedarse inmóvil por unos minutos, avanzó hasta la calle Ayacucho. En esta ocasión ya no la acompañaba ninguna melodía de reggae o rock, tan solo era el trinar de una guitarra que entonaba el vals en honor al suspirante puente.


"Puentecito escondido entre follajes y entre añoranzas, puentecito tendido sobre la herida de una quebrada, retoña el pensamiento tus maderos, se aferra el corazón a tus balaustres".


MÁGICO LUGAR




"Pueblo mío que estás en la colina,
tendido como un viejo que se muere, 
la pena y el abandono son tu triste compañía, 
pueblo mío te dejo sin alegría" 


“Le dices al chofer que te bajas en el río San José. Luego tomas un bote hasta la calle Joaquín Bernal. Reconocerás fácilmente la casa, aún conserva los mismos colores. Junto a la puerta encontrarás a tu abuela sentada en su banco”. Estas fueron las indicaciones precisas de mi padre para burlarse de mi inexperiencia, ya que era la primera vez que viajaba sola. Nadie se imaginaría que en Hualgayoc, un pueblo minero de Cajamarca, existiera un paradero en el río, ni mucho menos un servicio de taxi - bote. Sin embargo en mi cabeza no había espacio para la mofa. La emoción de volver a ese mágico lugar no me dejaba dormir en el carro.

Apenas bajé de la combi pisé el río, en realidad era un riachuelo que gracias al relave minero se estaba secando. La anterior noche había llovido y las calles de altas y bajas aún conservaban el viscoso lodo. Al frente del ‘paradero’ me esperaba mi tía, caminamos cuesta arriba mientras mis pies se quejaban del frío.

La última vez que los visité era una adolescente, ahora con veinte años encima dudaba que me reconocieran. A lo lejos divisé sus figuras un poco encorvadas, pero las sonrisas eran las mismas. Los abrasé muy fuerte y les dije lo mucho que esperaba ese momento. Mi abuelo me miraba con sus grandes ojos azules y mi abuela cogía mis pequeñas manos para calentarlas.

Entré a la misma tienda donde hace más de cincuenta años mi padre aprendió a caminar. La madera del piso crujía al son de mis apurados pasos. En sus años de bonanza, esta bodega lucía repleta de clientes que luchaban por ser los primeros en comprar los productos recién llegados de Trujillo. No obstante eran otros tiempos, ahora a las justas había unos anaqueles llenos de polvo y algunas gaseosas vencidas.

Me ofrecieron caldo verde, pero ‘felizmente’ más temprano había desayunado en Cajamarca. Digo ‘felizmente’ porque detesto cualquier tipo de sopa o comida líquida color arbusto. Aún no eran  las diez de la mañana, pero mi tía ya empezaba a cocinar; ya que están acostumbrados a almorzar antes de que llegue la tarde.

En su trajín culinario olvidó los fideos, entonces me ofrecí a comprarlos y así enrumbé al centro del pueblo. Caminaba como si tuviera los ojos vendados, pues hacía ocho años que no andaba por esas calles desniveladas.

Regresé con los fideos y sin aire. La falta de ejercicio sumado a los más de 3 500 m.s.n.m. no ayudaban a mi respiración. Almorzamos junto a otros parientes que llegaban ansiosos por conocer a la nieta limeña, de cabello largo y negro, con piercing en la oreja y aspecto de hippie. Nunca nos habíamos visto, sin embargo sus calurosos abrazos me transmitían sinceridad y respeto.

Aquella tarde fue inolvidable. Mi abuelo me mostraba sus reliquias mientras gritábamos para comunicarnos, al otro lado de la habitación su esposa se reía de la sordera del viejo. Escucharlo fue una delicia, el acento italiano todavía perduraba en él y la tranquilidad de ella me hacia renunciar, por el momento, a mi hiperactividad juvenil.

La psicodelia de mi vestimenta hacia juego con el verdoso cerro y el claro cielo. Los vecinos me saludaban como a una pobladora más y los niños asomaban sus rostros por la puerta para observar mi celular. La visita duró dos días, debido a que tenía que regresar a la ciudad para encontrarme con mi papá y así ambos regresar en bote a ese mágico lugar.