"Recuerdo que cuando era chiquita, venía con mis hermanas a las funciones de teatro que se realizaban en el palacio. Que pena que ahora esté completamente abandonado"
Mi mamá
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Callejones coloridos, pistas
mojadas, policías con el ceño fruncido que resguardaban los globos con agua y
una imponente quinta deshabitada. Así era un domingo de carnavales del pasado
siglo en el jirón Chira (Rímac). Todos los años en el mes de febrero la Quinta
Presa era adornada por carcajadas infantiles, cánticos criollos y decenas de
familias almorzando a fuera de cada solar bajopontino.
En sus inicios la Quinta
Presa fue una hacienda con un molino de granos, para luego pasar a ser uno de pólvora
en el siglo XVIII. En 1727 fue propiedad de doña Isabel de Presa, quién le
heredó la finca a su sobrino el coronel del Ejército Real Pedro Carrillo de
Albornoz y Bravo de Lagunas. Este construyó la casa y en honor a su tía le da
el nombre de Quinta Presa.
El área del latifundio comprende
más de 15 mil metros cuadrados. En la edificación emplearon adobe, ladrillos,
piedras, azulejos y finas maderas. La construcción es en forma de U, a la
derecha se aprecia lo que fue el molino, almacén y depósito de granos. A la
casa se llega mediante una escalinata que se alza sobre un bellísimo canal de
piedra donde antes circulaban aguas provenientes del río Rímac. A la izquierda
de la puerta principal se encuentra una sólida escalera, esta dirige a un
amplio corredor que ofrece una vista panorámica de todo el conjunto. Desde lo
alto se observa los jardines, el mirador, una glorieta y un quiosco donde se
realizaba la pisa de uva. Además hay diversas habitaciones como salones,
dormitorios y una capilla.
Era 1770, tiempo del
gobierno de Manuel de Amat y Juniet. “Entre el virrey y el coronel existía una
gran amistad. Entonces gracias a la participación de Amat quedó edificada esta
famosa quinta pero absolutamente nada tuvo que ver con doña Micaela Villegas,
la Perricholi. Ella tan solo venía como invitada a los banquetes que se
organizaban en la casa”, revela Ernesto Ascher en su libro Curiosidades Limeñas.
La Quinta Presa es un
verdadero palacio que ostenta ser la única casona en el Perú de estilo barroco
francés o rococó. Los usos que se le dio a la quinta han variado a través de
los años. “A partir de la mitad del siglo XIX, el Rímac se transformó en un
barrio popular, perdiendo todo su contexto rural y paisajístico. Es así que el
uso turístico de la quinta es casi nulo”, señala el portal del Programa ‘Patrimonio
para el Desarrollo’ de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el
Desarrollo (AECID).
En 1935 se creó en el
segundo piso del palacio el Museo del Virreinato, donde mostraban: muebles,
lienzos, adornos, prendas coloniales, una tina de mármol y espejos de finos
acabados; no obstante en la actualidad nada de lo mencionado queda, tan solo se
puede observar ventadas empolvadas, puertas deterioradas y paredes desnudas. Llegó
la década del 70 y la Quinta Presa fue declarada Monumento Histórico Nacional,
sin embargo en 1981 el Instituto Nacional de Cultura (INC) -hoy Ministerio de
Cultura- demolió parte del ala izquierda de la casa para adecuarla a uso
administrativo, pero no concluyeron la obra.
Finalmente en los noventa
fue centro de la Escuela Taller de Lima (ETL), este es un proyecto de
Cooperación al desarrollo, cuyo objetivo es la formación técnica de jóvenes de
escasos recursos en actividades relacionadas con la recuperación de Patrimonios
culturales y naturales. La ETL junto al INC restauraron la casona, lograron recuperar
el edificio principal, el molino, el jardín interior, el conjunto de bienes
mueble de la casa, el huerto y los espacios exteriores. Pero en 1995 los
trabajos quedaron interrumpidos por la ausencia del proyecto museográfico al
que se había comprometido el INC.











