“Hablar
vale más que un iPhone y más cuando alguien te quiere escuchar.
Saber
vale más que el diploma, como el que tú acabas de enmarcar”
No pudo dormir el día previo
a su examen de aplazado, temblaba al soñar que no lo aprobaría. Despertó antes
de lo habitual, confiaba en lo que había estudiado. Cumplió la rutina, se
desenredó la larga caballera y desayunó.
Miró el rostro de preocupación de su madre, en el balcón la esperaba
para despedirse. La joven respiró hondo, le sonrió y partió rumbo a la avenida
Colmena.
Camino a la universidad
encendió su celular, se colocó los audífonos y escogió una canción al azar. No
era la primera vez que escuchaba ‘Tengo tu love’ del boricua Sie7e, sin embargo
era la primera vez que sus oídos percibían el valor de la letra; “… Saber vale
más que el diploma como el que tú acabas de enmarcar…”. Y así fue el inicio de
un día verdaderamente raro.
Llegó al aula y todos
estaban muy ansiosos. Ella se sentía como extraña a ese lugar, pues era primeriza en esos asuntos. Empezó el examen,
ya no había vuelta atrás. Respondió sin pensar, lo primero que se acordaba lo daba
por válido.
Después de unos minutos se
encontraba afuera del salón, cuando de pronto escuchó su apellido y advirtió
que no traía nada positivo. Caminó hacia la carpeta del profesor, observó su
nota plasmada con tinta roja y retrocedió. Salió del aula con la mirada fija y
negó rotundamente con la cabeza. No derramó ni una lágrima, mientras otros desbordaban
en llanto.
Divisaba la ciudad a través
de la sucia ventana de la couster. Todo le parecía nuevo, se admiraba hasta de
lo más usual. En este viaje no había música acompañándola, solo el bullicio de
la capital.
Posó sus manos en la fría
cerradura de la puerta principal de la casa. Ingresó y su hermano menor la
esperaba, le contó lo sucedido y este le dijo: “Suele pasar, a mí no me ha pasado,
pero suele pasar”. Las carcajadas brotaron de inmediato, de a poco el dolor se
iba aminorando.
Aquella tarde las horas
transcurrieron lentamente. No obstante el no poder llorar la atormentaba, será
que estaba resignada o tal vez ya había sufrido mucho en sus sueños y por eso
las lágrimas no corrían con facilidad.
Cayó la noche, la puerta de
la habitación se abrió y entró su mamá. La estudiante le narró lo ocurrido casi
sin respirar y finalizó con una gran sonrisa, dejando atónita a la mamá. Ella,
con una sueva voz, le dijo que ya no se encontraba preocupada, pues le agradaba
la manera como lo estaba asimilando. La joven le respondió muy suelta de
huesos: “Ya me tenía que tocar, fueron muchos años invicta”.
Ambas se recostaron en la
cama y miraron el cielo estrellado a través del gran ventanal de la habitación.
Luego de unos minutos olvidaron el mal sueño…

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