miércoles, 14 de noviembre de 2012

AMO EL FÚTBOL



"Creo que me gusta el reggae, por el fútbol"
Yaz


Cualquier espacio complacía a sus piernas, mientras hubiera una pelota. Podía ser la habitación de un hotel, detrás de un escenario o en un parque. Bob Marley, un hombre jamaiquino, de cabellos largos y piel cobriza. Escribía sus canciones en sus viajes, cuando se levantaba al amanecer, para correr y jugar al fútbol. Llegó a ser considerado un profeta del movimiento rastafari, la llave para que la música reggae se masificara, usándola como medio para proponer una mejor forma de vida.

Es extraño. Nunca creó versos sobre gambetas. El gol no estuvo presente en ninguna de sus melodías ofrecidas a Jah; ni rindió tributo a Pelé, a quién admiraba. Jamás le dedicó una canción, pero el más famoso intérprete de reggae siempre lo practicó. Robert Nesta Marley no podía vivir sin fútbol. Y moriría por él.

“Fútbol es un arte, un mundo total. Un universo en si mismo ¡Amo el fútbol, porque exige gran habilidad! ¡Libertad! ¡El fútbol es libertad!”. Marley lanzó su primer álbum en 1963, pero aprendió a controlar el balón antes de afinar la guitarra y ensayar con su voz rasposa. Sus biógrafos cuentan que antes de formar ‘The Waillers’ era mucho más jugador que cantante. Sin embargo, eligió lo segundo.

Tanto se entregaba a este deporte que se enfermó de él. Bob, jugaba como volante creativo recostado por izquierda. En 1978, en un partido en el Battersea Park en Gran Bretaña, recibió una fuerte pisada del periodista Danny Baker. Debido a su religión, no se trató la herida en su dedo pulgar del pie y se infectó. La única solución que encontraron los doctores fue cortar la zona contaminada, no obstante Marley siempre respondió: ‘Mi religión no aprueba la amputación. Yo no dejo a un guerrero desarmado’. La llaga se pudrió y avanzó como un cáncer que fue consumiéndolo sin cesar, hasta alcanzar sus pulmones y el cerebro. Dejó que el fútbol y sus creencias infectaran su cuerpo. Tres años después de la lesión, se apagó su voz, pero nació el mito.

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