domingo, 21 de octubre de 2012

MÁGICO LUGAR




"Pueblo mío que estás en la colina,
tendido como un viejo que se muere, 
la pena y el abandono son tu triste compañía, 
pueblo mío te dejo sin alegría" 


“Le dices al chofer que te bajas en el río San José. Luego tomas un bote hasta la calle Joaquín Bernal. Reconocerás fácilmente la casa, aún conserva los mismos colores. Junto a la puerta encontrarás a tu abuela sentada en su banco”. Estas fueron las indicaciones precisas de mi padre para burlarse de mi inexperiencia, ya que era la primera vez que viajaba sola. Nadie se imaginaría que en Hualgayoc, un pueblo minero de Cajamarca, existiera un paradero en el río, ni mucho menos un servicio de taxi - bote. Sin embargo en mi cabeza no había espacio para la mofa. La emoción de volver a ese mágico lugar no me dejaba dormir en el carro.

Apenas bajé de la combi pisé el río, en realidad era un riachuelo que gracias al relave minero se estaba secando. La anterior noche había llovido y las calles de altas y bajas aún conservaban el viscoso lodo. Al frente del ‘paradero’ me esperaba mi tía, caminamos cuesta arriba mientras mis pies se quejaban del frío.

La última vez que los visité era una adolescente, ahora con veinte años encima dudaba que me reconocieran. A lo lejos divisé sus figuras un poco encorvadas, pero las sonrisas eran las mismas. Los abrasé muy fuerte y les dije lo mucho que esperaba ese momento. Mi abuelo me miraba con sus grandes ojos azules y mi abuela cogía mis pequeñas manos para calentarlas.

Entré a la misma tienda donde hace más de cincuenta años mi padre aprendió a caminar. La madera del piso crujía al son de mis apurados pasos. En sus años de bonanza, esta bodega lucía repleta de clientes que luchaban por ser los primeros en comprar los productos recién llegados de Trujillo. No obstante eran otros tiempos, ahora a las justas había unos anaqueles llenos de polvo y algunas gaseosas vencidas.

Me ofrecieron caldo verde, pero ‘felizmente’ más temprano había desayunado en Cajamarca. Digo ‘felizmente’ porque detesto cualquier tipo de sopa o comida líquida color arbusto. Aún no eran  las diez de la mañana, pero mi tía ya empezaba a cocinar; ya que están acostumbrados a almorzar antes de que llegue la tarde.

En su trajín culinario olvidó los fideos, entonces me ofrecí a comprarlos y así enrumbé al centro del pueblo. Caminaba como si tuviera los ojos vendados, pues hacía ocho años que no andaba por esas calles desniveladas.

Regresé con los fideos y sin aire. La falta de ejercicio sumado a los más de 3 500 m.s.n.m. no ayudaban a mi respiración. Almorzamos junto a otros parientes que llegaban ansiosos por conocer a la nieta limeña, de cabello largo y negro, con piercing en la oreja y aspecto de hippie. Nunca nos habíamos visto, sin embargo sus calurosos abrazos me transmitían sinceridad y respeto.

Aquella tarde fue inolvidable. Mi abuelo me mostraba sus reliquias mientras gritábamos para comunicarnos, al otro lado de la habitación su esposa se reía de la sordera del viejo. Escucharlo fue una delicia, el acento italiano todavía perduraba en él y la tranquilidad de ella me hacia renunciar, por el momento, a mi hiperactividad juvenil.

La psicodelia de mi vestimenta hacia juego con el verdoso cerro y el claro cielo. Los vecinos me saludaban como a una pobladora más y los niños asomaban sus rostros por la puerta para observar mi celular. La visita duró dos días, debido a que tenía que regresar a la ciudad para encontrarme con mi papá y así ambos regresar en bote a ese mágico lugar.

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