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"Pueblo mío que estás en la colina,
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“Le
dices al chofer que te bajas en el río San José. Luego tomas un bote hasta la
calle Joaquín Bernal. Reconocerás fácilmente la casa, aún conserva los mismos
colores. Junto a la puerta encontrarás a tu abuela sentada en su banco”. Estas fueron
las indicaciones precisas de mi padre para burlarse de mi inexperiencia, ya que
era la primera vez que viajaba sola. Nadie se imaginaría que en Hualgayoc, un
pueblo minero de Cajamarca, existiera un paradero en el río, ni mucho menos un
servicio de taxi - bote. Sin embargo en mi cabeza no había espacio para la
mofa. La emoción de volver a ese mágico lugar no me dejaba dormir en el carro.
Apenas
bajé de la combi pisé el río, en realidad era un riachuelo que gracias al
relave minero se estaba secando. La anterior noche había llovido y las calles
de altas y bajas aún conservaban el viscoso lodo. Al frente del ‘paradero’ me
esperaba mi tía, caminamos cuesta arriba mientras mis pies se quejaban del
frío.
La
última vez que los visité era una adolescente, ahora con veinte años encima
dudaba que me reconocieran. A lo lejos divisé sus figuras un poco encorvadas,
pero las sonrisas eran las mismas. Los abrasé muy fuerte y les dije lo mucho
que esperaba ese momento. Mi abuelo me miraba con sus grandes ojos azules y mi
abuela cogía mis pequeñas manos para calentarlas.
Entré
a la misma tienda donde hace más de cincuenta años mi padre aprendió a caminar.
La madera del piso crujía al son de mis apurados pasos. En sus años de bonanza,
esta bodega lucía repleta de clientes que luchaban por ser los primeros en
comprar los productos recién llegados de Trujillo. No obstante eran otros
tiempos, ahora a las justas había unos anaqueles llenos de polvo y algunas
gaseosas vencidas.
Me
ofrecieron caldo verde, pero ‘felizmente’ más temprano había desayunado en
Cajamarca. Digo ‘felizmente’ porque detesto cualquier tipo de sopa o comida
líquida color arbusto. Aún no eran las
diez de la mañana, pero mi tía ya empezaba a cocinar; ya que están acostumbrados
a almorzar antes de que llegue la tarde.
En
su trajín culinario olvidó los fideos, entonces me ofrecí a comprarlos y así
enrumbé al centro del pueblo. Caminaba como si tuviera los ojos vendados, pues
hacía ocho años que no andaba por esas calles desniveladas.
Regresé
con los fideos y sin aire. La falta de ejercicio sumado a los más de 3 500
m.s.n.m. no ayudaban a mi respiración. Almorzamos junto a otros parientes que
llegaban ansiosos por conocer a la nieta limeña, de cabello largo y negro, con
piercing en la oreja y aspecto de hippie. Nunca nos habíamos visto, sin embargo
sus calurosos abrazos me transmitían sinceridad y respeto.
Aquella
tarde fue inolvidable. Mi abuelo me mostraba sus reliquias mientras gritábamos
para comunicarnos, al otro lado de la habitación su esposa se reía de la
sordera del viejo. Escucharlo fue una delicia, el acento italiano todavía
perduraba en él y la tranquilidad de ella me hacia renunciar, por el momento, a
mi hiperactividad juvenil.
La
psicodelia de mi vestimenta hacia juego con el verdoso cerro y el claro cielo.
Los vecinos me saludaban como a una pobladora más y los niños asomaban sus
rostros por la puerta para observar mi celular. La visita duró dos días, debido
a que tenía que regresar a la ciudad para encontrarme con mi papá y así ambos
regresar en bote a ese mágico lugar.

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