Constantemente narraba su
vida de distintos modos. A veces su padre lo abandonaba antes de nacer y en
otro relato cuando tenía varios años. En algunas ocasiones viajaba en tren y en
otras a pie. Facundo Cabral contaba los mismos sucesos pero de forma diferente. No obstante la esencia siempre coincidía, así que bastaba con que las historias
estén bien recitadas para darlas por ciertas. “Estoy cansado de la sinceridad,
prefiero el ingenio”, escribió alguna vez el trovador y es que para entrar a su
mundo, es necesario entender que el arte de mentir no es más que un recurso
retórico.
Facundo nació en La Plata -
Buenos Aires (Argentina) en una fecha imprecisa, ya que su madre lo inscribió
en los registros cuando tenía siete u ocho años de edad. Por este motivo él
siempre decía: “Cuando me preguntan que signo soy les digo que le vayan a
consultar a mi vieja”. Además, ante la ley fue Rodolfo -como su padre- pero su
madre lo anotó con ese nombre, puesto que en aquella época de 1937 los nombres
de los caudillos como Facundo Quiroga estaban prohibidos.
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Me gustan los que se callan y me gustan los que cantan.
Y de tanto andar conmigo me gusta lo que me pasa.
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Fue mudo hasta los nueve
años, los médicos diagnosticaron que sufría de debilitamiento mental. Al parecer
solo era su espíritu rebelde que se negaba a hablar de forma rotunda. En 1946
los Cabral llegaron a la Patagonia, sin embargo otra vez el pequeño de la
familia hizo lo que creyó conveniente. Facundo había escuchado que Perón estaba
dando trabajo a los pobres, así que fue a Buenos Aires a pedírselo.
Arribó a la capital pero el
presidente se encontraba en La Plata. Con mucha suerte se dirigió a su ciudad
de origen. Aquel día, Facundo burló el cordón de seguridad y logró
entrevistarse con el mandatario. El niño le pidió trabajo, a lo que Eva Duarte
de Perón muy emocionada respondió: “Por fin alguien que pide trabajo y no limosna”. A consecuencia de esta intervención, Facundo consiguió laburo para
Sara y refugio para su familia en una escuela de Tandil, al sur de Buenos
Aires.
“Un
día llegué a Tandil y conocí a un anciano que a falta de inteligencia, se le
dio por ser muy sabio. Le pregunté por Jesús una noche al lindo viejo y ahí
mismo lo conocí; cuando me alcanzó un espejo”, frase que Facundo Cabral
interpretaba en su emblemática canción ‘No soy de aquí, ni soy de allá’. Esta
letra resume gran parte de sus vivencias, en la que describe la transformación
del adolescente problemático a causa de
la indiferencia de su padre, hasta el joven que gracias a los consejos de un
jesuita en uno de los tantos reformatorios pudo mirar el horizonte de manera distinta.
Trabajó
en el campo durante las temporadas de cosecha, se contactó con los cantores de
milonga, esos ‘áridos juglares’ que marcaron a fuego su futuro artístico.
Facundo con veinte años y una guitarra entre sus manos, aprendió los acordes
que lo acompañaron y entretuvo a los peones con cantos anarquistas.
En
1959, Cabral subió al escenario del Hotel Hermitage, porque uno de los músicos
secundarios había faltado. “Ah, me
acordé de algo que decía mi madre: Cuando no sepas qué decir, decí ‘no sé que
decir’. Entonces subí y dije: ‘No sé que hago acá, yo entré a pedir trabajo, me
dieron un cuarto, comí como un animal, no hablé por teléfono porque no tengo a
quién llamar…’. La gente se reía, pensaba que yo era un comediante. Vi que
había respuesta, igual que con los campesinos, y empecé a contar historias. Ahí
comenzó mi carrera artística”.
Se
estima que Cabral recorrió más de 165 países. Comenzó su trayectoria musical
bajo el apodo de ‘El Indio Gasparino’. En la década del 70 emigró a Europa,
donde se hizo más conocido que en su país. Facundo mencionó en un reportaje:
“Creo que me venían a ver como acá iríamos a ver a un indio que toca algún
instrumento raro”. En 1984 regresó a Argentina con un nombre consagrado, no
obstante recién después de diez años comenzó una gira internacional. Se
presentó junto a Alberto Cortez en “Lo Cortez no quita lo Cabral”, uniendo
humor y poesía.
“Me
gusta andar pero no sigo el camino, pues lo seguro ya no tiene misterio. Me
gusta ir con el verano muy lejos, pero volver donde mi madre en invierno. Y ver
los perros que jamás me olvidaron y los caballos... Y los abrazos que me dan
mis hermanos. Me gusta, me gusta”. Le gustaba tanto cantar, beber, reír y
filosofar. Fue víctima de un atentado aparentemente dirigido al empresario Henry
Fariña, sin embargo el cuerpo de Facundo recibió toda la carga. Así el 9 de
julio de 2011 dejó abruptamente esta vida pero -según sus creencias- comenzó
otra.


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