domingo, 28 de octubre de 2012

EL "PLACER" DE ESCRIBIR


Para donde corres, sino puedes escaparte así.
Si te vas a ocultar, eso no te va a resultar. 
El tiempo dirá, cada uno a su juego otra vez.



Andrea siempre piensa mucho antes de escribir, desconfía en lo que redacta. Hacerlo es un sufrimiento, un proceso muy desgarrador y bastante doloroso. Lee y relee lo escrito, borra cada línea que le sale con facilidad. Corrige cada palabra, la revisa las veces que sea suficiente y hasta que por fin la da por acertada. Alguna vez escuchó esta frase a un periodista: “Escribir no es un placer, no es una labor divertida, sin embargo eso no me deja de apasionar”. Todas las noches considera la posibilidad de abandonar esta rutina, no sabe si esto es lo que quiere para toda la vida.

Lleva dos años estudiando Ciencias de la Comunicación en la universidad que nunca imaginó. Todas las mañanas se levanta arrepentida por haberse cambiado al primer turno. La tortura continúa cuando se da cuenta que solo falta dos meses para que acabe el año y el tiempo es muy corto para elegir una especialidad entre las cuatro que ofrece su carrera.

Cuando creía que los días de decidir su futuro estaban lejanos, solo atinaba a decir frescamente: “Me tomaré un año sabático para pensarlo, aún soy joven”. Ahora esta actitud ya no le sirve, puesto que tiene la necesidad de trabajar, porque ya no quiere vivir de la caridad de sus padres.

Si redactar se le hace difícil, el sufrimiento es peor cuando tiene que escribir sobre ella. Detesta la idea de que la lean y la juzguen sin saber como ni cuando compuso ese relato. Pero si llega a ser periodista, no puede seguir con la misma actitud. Aún no encuentra el porqué de su postura, las dudas siguen alimentando su desdicha.

¿A caso tiene miedo de descubrir algo que no quiera oír? ¿El temor que se apodera de ella, es pánico a sí misma? Parece que nunca lo sabrá, por ahora sigue escribiendo algo que le dicen escalera de abstracción. No le quedó muy claro el concepto, solo escribe para seguir soportando su incertidumbre.






jueves, 25 de octubre de 2012

MAL SUEÑO






“Hablar vale más que un iPhone y más cuando alguien te quiere escuchar. 
Saber vale más que el diploma, como el que tú acabas de enmarcar”



No pudo dormir el día previo a su examen de aplazado, temblaba al soñar que no lo aprobaría. Despertó antes de lo habitual, confiaba en lo que había estudiado. Cumplió la rutina, se desenredó la larga caballera y desayunó.  Miró el rostro de preocupación de su madre, en el balcón la esperaba para despedirse. La joven respiró hondo, le sonrió y partió rumbo a la avenida Colmena.

Camino a la universidad encendió su celular, se colocó los audífonos y escogió una canción al azar. No era la primera vez que escuchaba ‘Tengo tu love’ del boricua Sie7e, sin embargo era la primera vez que sus oídos percibían el valor de la letra; “… Saber vale más que el diploma como el que tú acabas de enmarcar…”. Y así fue el inicio de un día verdaderamente raro.

Llegó al aula y todos estaban muy ansiosos. Ella se sentía como extraña a ese lugar, pues era  primeriza en esos asuntos. Empezó el examen, ya no había vuelta atrás. Respondió sin pensar, lo primero que se acordaba lo daba por válido.

Después de unos minutos se encontraba afuera del salón, cuando de pronto escuchó su apellido y advirtió que no traía nada positivo. Caminó hacia la carpeta del profesor, observó su nota plasmada con tinta roja y retrocedió. Salió del aula con la mirada fija y negó rotundamente con la cabeza. No derramó ni una lágrima, mientras otros desbordaban en llanto.

Divisaba la ciudad a través de la sucia ventana de la couster. Todo le parecía nuevo, se admiraba hasta de lo más usual. En este viaje no había música acompañándola, solo el bullicio de la capital.

Posó sus manos en la fría cerradura de la puerta principal de la casa. Ingresó y su hermano menor la esperaba, le contó lo sucedido y este le dijo: “Suele pasar, a mí no me ha pasado, pero suele pasar”. Las carcajadas brotaron de inmediato, de a poco el dolor se iba aminorando.

Aquella tarde las horas transcurrieron lentamente. No obstante el no poder llorar la atormentaba, será que estaba resignada o tal vez ya había sufrido mucho en sus sueños y por eso las lágrimas no corrían con facilidad.

Cayó la noche, la puerta de la habitación se abrió y entró su mamá. La estudiante le narró lo ocurrido casi sin respirar y finalizó con una gran sonrisa, dejando atónita a la mamá. Ella, con una sueva voz, le dijo que ya no se encontraba preocupada, pues le agradaba la manera como lo estaba asimilando. La joven le respondió muy suelta de huesos: “Ya me tenía que tocar, fueron muchos años invicta”.

Ambas se recostaron en la cama y miraron el cielo estrellado a través del gran ventanal de la habitación. Luego de unos minutos olvidaron el mal sueño…


domingo, 21 de octubre de 2012

EN PIE DE LUCHA


Contestatario, inteligente y creativo, así es el arquitecto Walter Jolly Herrera con más de medio siglo encima. Se ‘formó’ en el Colegio Militar Leoncio Prado y por la década de los ochenta pasó a ‘deformarse’ en la Universidad Nacional Federico Villarreal.

Tuvo una vida universitaria muy agitada, no terminó la carrera en el lapso establecido, sin embargo se tomó su tiempo para disfrutarla. Perteneció al Frente de Estudiantes de su facultad, fue uno de los líderes que comandaron el primer levantamiento justo de la masa estudiantil, hecho histórico en el local de Arquitectura.

Jolly escoltado de personas realmente valiosas, como ‘Ríos’ o ‘El colorado Harry’, lograron que los reclamos del alumnado sean escuchados. Este grupo denunció actos de corrupción, cobros indebidos y malos manejos de las autoridades de turno en la facultad.

Aguerridos, decididos y seguros, fueron las características básicas para que el público confiara en ellos, pues su capacidad motivacional y protestante eran sus armas fundamentales para obtener lo trazado y así lo consiguieron. Los resultados saltan a la vista en esta época, ya que la Facultad de Arquitectura es una de las mejores educativa, institucional y estructuralmente de la Universidad Villarreal.

Después de casi treinta años de lo sucedido, ahora el arquitecto combate por otra gran causa. Esta vez es un referente de la lucha por la conservación de la arquitectura e identidad peruana. Walter Jolly es un activo defensor de los Patrimonios Culturales del país y precisamente en este momento es una de las cabezas del colectivo ‘Salvemos el Palais Concert’, agrupación que posee como objetivo principal, el concientizar a la ciudadanía peruana sobre el valor y significado de esta reliquia, proponen que debe ser proclamada intangible por su rica historia y relevancia cultural. Walter Jolly y compañía seguirán en pie de lucha, aunque Ripley ya sea una realidad. 

PUENTECITO DEL DESEO


Una fría brisa se deslizó por la abertura de su vestido, a lo lejos oyó el chirrido del mar y unos largos dreads enredados en su cuello no la dejaban respirar. Se levantó de la banca mientras caían los brazos que la rodeaban, trató de dar dos pasos hacia adelante, pero no pudo continuar. Era la primera vez que sentía que el Puente de los Suspiros se movía al compás de su cabeza.

El nombre del puente deriva de los innumerables romances que tuvieron y tienen como marco este pintoresco rincón de Barranco. Se construyó en 1876 como necesidad primordial para unir el límite de las calles Ayacucho y La Ermita. Esta vez la joven no transitaba por ninguno de estos jirones, pero como este distrito es muy pequeño acabó entre las crujientes maderas del famoso puente.

Antes de amanecer en esa banca, disfrutó toda la noche en la ‘Peña Poggi’. Un concurrido bar barranquino, donde se presenta lo mejor de la escena musical limeña. El público asistente parecía haberse quedado en los años setenta. Chicos de largos cabellos rastas, jovencitas con vestidos floreados, rockeros con botas estilo grunge y algún desubicado en corbata. El estelar de la fiesta fue el ‘Duelo de Titanes’, a cargo de ‘La Inédita’ con su chichamuffin y ‘La Nueva Invasión’ con su rock - fusión.

El Puente de los Suspiros es histórico, ya que fue testigo de la Guerra del Pacífico y soportó la destrucción de Barranco en manos de tropas chilenas, que incendiaron parte del puente. Además resistió el terremoto de 1940, aunque lo recortaron de un borde para no perjudicarlo del todo.

Setenta años después, el único terremoto era el de la cabeza de la jovencita. Luego de quedarse inmóvil por unos minutos, avanzó hasta la calle Ayacucho. En esta ocasión ya no la acompañaba ninguna melodía de reggae o rock, tan solo era el trinar de una guitarra que entonaba el vals en honor al suspirante puente.


"Puentecito escondido entre follajes y entre añoranzas, puentecito tendido sobre la herida de una quebrada, retoña el pensamiento tus maderos, se aferra el corazón a tus balaustres".


MÁGICO LUGAR




"Pueblo mío que estás en la colina,
tendido como un viejo que se muere, 
la pena y el abandono son tu triste compañía, 
pueblo mío te dejo sin alegría" 


“Le dices al chofer que te bajas en el río San José. Luego tomas un bote hasta la calle Joaquín Bernal. Reconocerás fácilmente la casa, aún conserva los mismos colores. Junto a la puerta encontrarás a tu abuela sentada en su banco”. Estas fueron las indicaciones precisas de mi padre para burlarse de mi inexperiencia, ya que era la primera vez que viajaba sola. Nadie se imaginaría que en Hualgayoc, un pueblo minero de Cajamarca, existiera un paradero en el río, ni mucho menos un servicio de taxi - bote. Sin embargo en mi cabeza no había espacio para la mofa. La emoción de volver a ese mágico lugar no me dejaba dormir en el carro.

Apenas bajé de la combi pisé el río, en realidad era un riachuelo que gracias al relave minero se estaba secando. La anterior noche había llovido y las calles de altas y bajas aún conservaban el viscoso lodo. Al frente del ‘paradero’ me esperaba mi tía, caminamos cuesta arriba mientras mis pies se quejaban del frío.

La última vez que los visité era una adolescente, ahora con veinte años encima dudaba que me reconocieran. A lo lejos divisé sus figuras un poco encorvadas, pero las sonrisas eran las mismas. Los abrasé muy fuerte y les dije lo mucho que esperaba ese momento. Mi abuelo me miraba con sus grandes ojos azules y mi abuela cogía mis pequeñas manos para calentarlas.

Entré a la misma tienda donde hace más de cincuenta años mi padre aprendió a caminar. La madera del piso crujía al son de mis apurados pasos. En sus años de bonanza, esta bodega lucía repleta de clientes que luchaban por ser los primeros en comprar los productos recién llegados de Trujillo. No obstante eran otros tiempos, ahora a las justas había unos anaqueles llenos de polvo y algunas gaseosas vencidas.

Me ofrecieron caldo verde, pero ‘felizmente’ más temprano había desayunado en Cajamarca. Digo ‘felizmente’ porque detesto cualquier tipo de sopa o comida líquida color arbusto. Aún no eran  las diez de la mañana, pero mi tía ya empezaba a cocinar; ya que están acostumbrados a almorzar antes de que llegue la tarde.

En su trajín culinario olvidó los fideos, entonces me ofrecí a comprarlos y así enrumbé al centro del pueblo. Caminaba como si tuviera los ojos vendados, pues hacía ocho años que no andaba por esas calles desniveladas.

Regresé con los fideos y sin aire. La falta de ejercicio sumado a los más de 3 500 m.s.n.m. no ayudaban a mi respiración. Almorzamos junto a otros parientes que llegaban ansiosos por conocer a la nieta limeña, de cabello largo y negro, con piercing en la oreja y aspecto de hippie. Nunca nos habíamos visto, sin embargo sus calurosos abrazos me transmitían sinceridad y respeto.

Aquella tarde fue inolvidable. Mi abuelo me mostraba sus reliquias mientras gritábamos para comunicarnos, al otro lado de la habitación su esposa se reía de la sordera del viejo. Escucharlo fue una delicia, el acento italiano todavía perduraba en él y la tranquilidad de ella me hacia renunciar, por el momento, a mi hiperactividad juvenil.

La psicodelia de mi vestimenta hacia juego con el verdoso cerro y el claro cielo. Los vecinos me saludaban como a una pobladora más y los niños asomaban sus rostros por la puerta para observar mi celular. La visita duró dos días, debido a que tenía que regresar a la ciudad para encontrarme con mi papá y así ambos regresar en bote a ese mágico lugar.