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| Fotografía: Mundo Psicodelia |
"Es una vaina viajar en El Metropolitano, cualquier huevón te mete la mano"
Una de mis amigas.
Una de mis amigas.
Una
vez más. La misma incómoda situación matutina en la Estación Naranjal de El
Metropolitano. Trabajadores molestos, escolares dormidos y universitarios nerviosos
se apresuran por pasar su tarjeta. El pasaje está establecido, solo queda acatar.
Deja
atrás el protocolo de cobranza y comienza a sacudir el letargo. Largas colas se
forman mientras el tiempo se acorta. El bus no aparece y la impaciencia
acrecienta. La ira se desata con cada personaje inescrupuloso que intenta
romper filas.
La
tensión sube al divisar el grisáceo ómnibus que se acerca lentamente al borde
del andén. La estabilidad de la figura humana se quiebra cuando la máquina abre
sus puertas. Empujones, gritos ahogados y caras de pocos amigos percibes entre
la línea amarilla que separa el bus con la vereda.
La
capacidad permitida del autobús rebasa conforme se estaciona en los paraderos.
Una vez adentro no se te ocurra moverte de tu sitio, puede que ya no lo
encuentres vacío en tu siguiente reacción. Abre las ventanas, a esas horas de
la mañana los olores se impregnan con facilidad.
Mira
a tu alrededor, cualquier palomilla observará con mucha atención tu mochila,
cartera o bolso. El blanco más asequible serán los jóvenes abstraídos en la
música que emanan sus audífonos, escolares cabeceando contra la ventana,
señores hundidos en la lectura de sus periódicos, señoritas tratando de
delinearse los ojos y ancianos postrados en los asientos colorados.

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