domingo, 16 de febrero de 2014

EL RÍMENSE

A mi abuelo


Hace 75 años consiguió su primer empleo. Hace 62 se casó y nació su primer hijo. Hace 38 trabajó  para la Cervecería Backus. Hace 20 lo operaron por primera vez del corazón y hace 13 que se jubiló. Samuel tiene 83 años y una vida llena de registros. Debió ser contador -de profesión o de historias- pero solo es un hombre con 14 hijos, 38 nietos y 35 bisnietos. Mucha experiencia reflejada en números.

Él ha memorizado estrictamente el nombre de cada miembro de su compleja familia. Recuerda el día de sus cumpleaños y el rostro de ellos. Hace grandes esfuerzos por no confundirse. La sordera que lo aqueja no es impedimento para escuchar atentamente los saludos, reclamos y palabras de aquel que lo visite. Rímense de toda la vida, administrador a la fuerza, hincha de Alianza Lima por convicción y padre, abuelo y bisabuelo a tiempo completo. Él es don Samuel, un caballero de antaño y un hombre metódico por naturaleza.

Las Cañas

Samuel nació y vivió en un viejo callejón de un solo caño. Desde donde escuchaba el dulce repicar de castañuelas provenientes de la desgastada cantina de al lado. Valses que despertaban a todos los vecinos de la avenida Francisco Pizarro. Toda su vida transcurrió en el Rímac y no está en sus planes mudarse, a lo mucho puede ser de cuadra, como lo hizo hace cinco años atrás por última vez. A pesar que el populoso distrito se vuelve cada día más inseguro, él está acostumbrado a ese devenir, ya que someterse a dos operaciones al corazón es más peligroso que enfrentar a un par de delincuentes.

El callejón Las Cañas perteneció a una hacienda que por la década del 40 pasó a manos de la Beneficencia de Lima. El solar es llamado así porque unos largos carrizos fungían de cordeles a lo ancho del callejón de doble salida, donde las amas de casa esperaban su turno para lavar el arsenal de ropa que juntaban durante la semana. Fue el típico solar dominguero, donde los jóvenes cortejaban, no gileaban y las señoritas aceptaban la pretensión, no atracaban.

En la actualidad ya no queda la gente que alquiló por primera vez las casas de Las Cañas, ni siquiera Samuel, los dueños originales han traspasado las viviendas de adobe y quincha a algún conocido o familiar, puesto que aún éstas son propiedad de la entidad pública. Don Samuel conoció a su esposa Hilda cuando eran niños. Él tenía once y ella ocho, diez años después en pleno verano se casaron y tuvieron a su primogénito, llamado como el padre. La familia fue en aumento y en el hijo número ocho, Samuel decidió alquilar la casa más amplia de Las Cañas. Sin saber que años después no cabrían un alfiler más ni mucho menos sus catorce hijos.

Entre empleos y cervezas

Acostumbrado a trabajar desde que entró a transición. Todos sus empleos estuvieron ligados al trajín del andar por el bullicioso Rímac, ya sea a pie, en bicicleta o camión. Laboró desde repartidor de revistas y gaseosas hasta vendedor de cocinas y máquinas de coser. Sin embargo su trabajo más largo duró un cuarto de siglo gracias a la cerveza Cristal.

Sustentar a la gran familia fue una ardua tarea que Samuel realizaba con gusto y mucha creatividad. Repartir revistas saliendo de clases fue su primer empleo a los ocho años. Recorría el Centro de Lima en busca de las propinas que le dejaba cada lector por entregarle un ejemplar. A los catorce años conoció a don Pancho, un señor de baja estatura y espeso bigote que lo contrató otra vez como repartidor, pero ya no de revistas sino de gaseosas. El laburo le duró más de diez años y le permitió conocer el interior del país, mientras Hilda se encargaba de la crianza de su extensa familia.

Luego de que don Pancho cerró su depósito porque viajó al extranjero, Samuel se desarrolló como un flamante vendedor de cocinas Cuba y máquinas de coser Singer. En aquella época ya lidiaba con once hijos, los gastos incrementaban al igual que la dinastía. Nacieron dos integrantes más y con la entrada del presidente Francisco Morales Bermúdez quedó desempleado, la primera mitad de la década del 70 no la pasó tan bien. No obstante en 1976 llegó su gran oportunidad, comenzó a trabajar con la empresa Transportes Alameda, encargados de repartir cajas de cerveza para los trabajadores de Backus. La fábrica entregaba mensualmente vales de consumo a sus empleados y Samuel era el encomendado de verificar y contabilizar los pedidos, esta vez ya no era repartidor sino un híbrido de administrador y contador, con tan solo primaria completa supo aprovechar lo que la vida le ofreció en el instante preciso.

Samuel se relacionó con mucha gente dentro de la Cervecería Backus, si bien es cierto no trabajó directamente para ellos pero su simpatía y amabilidad lo hizo merecedor de las grandes amistades que cultivó por mucho tiempo. Pasaron algunos años y las cajas de cerveza comenzaron a llegar a casa, en un momento se juntó con muchas y decidió venderlas. Después de una larga jornada laboral regresaba a Las Cañas e iniciaba con el conteo de sus cajas, metódica costumbre pero que sus hijos preferían calificarla como manía.

Desde que se jubiló ya no bebe cerveza sino güisqui y no es porque haya afinado su garganta, sino que es dañino para su salud. Hace cuatro meses sufrió una segunda intervención quirúrgica, en la cual le colocaron un segundo baipás para que las arterias bombeen sangre a su longevo corazón. Samuel viene evolucionando de manera satisfactoria, regresó a casa para recostarse en el sillón de cuero, hundirse en las melodías que emana su vetusto walkman y disfrutar de sus pasatiempos favoritos: leer El Comercio de cabo a rabo mientras escucha las explosivas narraciones de las carreras de caballos.

Burrero, cafetero y tanguero

Samuel es muy aficionado a la hípica pero no sabe montar caballo, es un estudioso y suertudo burrero. En su juventud asistía continuamente al Hipódromo de Monterrico y siempre le apostaba al mejor. Ha ganado dos veces el premio mayor. Ahora la edad y su lento andar solo le permite ir al telepódromo del jirón Trujillo, fiel a su estilo acude a pie ya que la caminata es buena para su circulación sanguínea pero fatal para su columna.

Las largas jornadas hípicas son acompañadas por un caliente café, el cuál no se compara con el suyo. Otra de sus pasiones es mezclar diferentes tipos de semillas para luego prepararlas y encantar a todos con su delicioso brebaje. Antes que el reloj marque las seis de la tarde hierve agua para esperar la improvisada reunión. La hora del lonche es el momento preciso para lucir sus dotes cafeteros. Hijos, nietos, bisnietos y algún oportunista llegan a casa; como si el olor del café los dirigiera a la cuadra seis de la avenida Francisco Pizarro.

La relación con las milongas y el tango le viene desde adolescente. Con aquellas melodías conquistó a su china; como llama a su primer y único amor. A pesar de poseer raíces huanuqueñas la armonía argentina ha calado más en él, así lo demuestra cuando en el marco de su ventana silba el mismo tango oxidado de Gardel.

Con el ojo bien clavado como diría un avezado tanguero, Samuel tiene la mirada fija en lo que desea para el resto de sus días: quedarse en el Rímac junto a su china para disfrutar de los suyos. Es que pocos son los afortunados de tener casi un ciento de familiares directos y rebosantes de vida.

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